En un mundo definido por el cosmopolitismo, la globalización y la heterogeneidad estética, la creciente importancia del llamado diseño industrial y su capacidad de adaptación a diferentes soportes y lenguajes resultan insoslayables. Sin embargo, y a diferencia de lo que ocurriera a principios del pasado siglo, en nuestros días el diseño ya no se concibe, desde la utopía o el mesianismo del creador, como la herramienta clave en la reformulación de las estructuras sociales y económicas, sino más bien como el común denominador de toda producción humana y, por tanto, uno de los más potentes vehículos de expresión estética y conceptual. El diseño ya no aspira a cambiar el mundo, pero lo informa, atendiendo a la comprensión de las múltiples particularidades de cada sociedad, efímeras y locales, imbricadas en una red global repleta de convergencias y divergencias. Superada la ficticia barrera que lo alejaba del arte -de la ilusión del “gran arte” que pervivió, durante siglos, en el inconsciente colectivo- el diseño industrial contribuye hoy a generar nuevos espacios ajenos a la retórica de los tradicionales recintos expositivos, y es por eso que constituye uno de los pilares que sustenta la experimentación formal en Factoría.


El laboratorio de ideas constituye el elemento esencial dentro de la estructura de trabajo de Factoría. En cierto modo, se trata del punto de partida y la consecuencia última del proyecto, y se entiende como la fuerza motora del amplio engranaje que regula la creación de contenidos culturales en el espacio, que se convierte en un centro de producción de conocimientos.

Más allá de de configurarse como un taller que posibilite la concreción de proyectos ya formulados, el laboratorio de ideas se concibe como un fértil territorio de diálogo, debate e investigación colectiva que origina nuevos proyectos. El conocimiento deja de ser el medio para convertirse en el producto, las ideas se formulan y desarrollan en un proceso continuo de generación de proyectos no necesariamente relacionado con su posterior plasmación formal: lo importante no es tanto posibilitar la ejecución física de una idea como ayudar a concebirla; lo fundamental es establecer líneas de investigación permanentes alrededor de las cuestiones más elementales de la creación contemporánea y de su contexto social.


La idea de establecer un laboratorio de experimentación permanente en torno a la concepción colectiva del espacio urbano constituye uno de los pilares del proyecto de Factoría. 

En un escenario global determinado por profundas transformaciones socioeconómicas y por el advenimiento de la llamada sociedad informacionalista, la tarea del creador deriva hacia la selección, conjunción y difusión de contenidos estéticos y conceptuales, hacia la materialización de iniciativas interdisciplinares polívocas, que amalgaman diferentes registros y niveles de lectura.

En consecuencia, un proyecto urbano deja de ser una inconexa topografía nacida del quehacer de disciplinadas aisladas, para convertirse en la suma del trabajo de artistas, urbanistas, arquitectos, escenógrafos, antropólogos, historiadores… y de la propia ciudadanía, entendiendo la urbe como proyecto colectivo en permanente desarrollo que trasciende al individuo y lo coyuntural, definiendo entornos que hibridan lo local y lo global. 

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